miércoles, octubre 19, 2005

un año de misión...


Este es bien largo pero contesta a las preguntas:
¿Por qué sigue JUAMPA EN LA MISIÓN? ¿por qué en Honduras como misionero, prefiriendo buscar la formación de un siervo de los pobres por encima de la educación superior para ser “dueño del mundo"?

Las experiencias más poderosas que quisiera compartir son las que no tienen palabras para ser descritas, y en verdad solo se pueden apreciar al ser vividas o transmitidas a través del testimonio diario. Pero es en los pequeños eventos cotidianos donde se revela constantemente el poder más grande del Universo. El problema es que no sabemos reconocer su procedencia ni su verdadera magnitud, y dejamos que estos eventos ocurran y pasen sin que reciban mayor atención; dejamos pasar de largo la gracia que ha sido asignada para santificar nuestras vidas....hoy.

Me encontraba hace unos días haciendo un retiro de silencio en el convento de las hermanas Clarisas. Mientras trataba de tomar una siesta escuché que alguien tocaba la puerta del convento con insistencia pero no tocaba la campana de aviso. Después de muchos golpes a la puerta decidí levantarme impacientemente a ver que pasaba. El hombre estaba de espaldas a mi tocando la puerta del claustro. Le dije al hombre: “Si necesita a las hermanas ¡toque la campana!” El hombre de unos 40 años se dio vuelta revelándome su rostro desfigurado lleno de cicatrices, una cavidad ocular vacía y marcas de machete en todas partes visibles de su cuerpo. Me dijo el hombre, levantando su única mano deformada y paralizada: “Solo tengo un brazo, y lo tengo malo.” Mi cuerpo quedó plasmado y mi corazón dobló su ritmo mientras el aire se apresuraba en entrar por mi nariz como si las partículas de oxígeno estuvieran compitiendo. No pude decir nada más que: “ahhh... le ayudo...” No hubo ni una gota de reverencia en mí. Abrí rapidamente la reja de la zona de visitantes y acercándome al hombre desfigurado halé la cuerda de la campana. Retrocedí y cerré la reja diciendo “adiós” y volví a caer sobre las cobijas sin pensar más y todavía agitado por la apariencia escandalosa del hombre.

Unas horas después, ahí estaba yo en la capilla, frente a la presencia real del Redentor Sacramentado orando por sabiduría para responder a su llamado a la santidad...pero ni siquiera pude reconocerle cuando entró en mi zona de comodidad con el rostro más desfigurado que mis ojos han visto...
Ese hombre, sobreviviente de su descuartizamiento, buscaba ayuda de las humildes y caritativas monjas...pero en verdad buscaba un poco de amor y de aprecio para sanar la herida del constante rechazo que le ofrece el mundo. Un mundo al cual yo me prometí no regresar, pero el cual, esa tarde, estaba formando con mi apatía, mi desprecio, mi orgullo, mi egoismo y mi fallido intento de ver el rostro de Dios mismo en lo más débil y despreciado. Externamente e internamente, ese hombre era lo más cercano a Cristo mismo en su pasión, en el augurio del sufrimiento redentor, siendo guardián de las llagas del sufrimiento, puertas de la salvación.

Es en estos momentos pequeños de la vida cotidiana cuando me doy cuenta de las cantidades de gracia que abunda en este lugar y de todas las oportunidades de acercarme al Reino de Dios que dejo pasar. La belleza de estar aquí como un siervo de los sirvientes y como un esclavo de los marginados es, que aquellos momentos y aquellas personas que facilmente juzgamos como inferiores o como eventos sin importancia se transforman en explosiones nucleares internas del ser, cuyas ondas transfiguradoras liberan al alma e iluminan completamente el universo del intelecto. De repente, lo que es algo destructivo o destruido, algo inválido o desvalido, se revela en su esplendor máximo, mostrándose como aquello que nos permite estar unidos al Dios del Universo. Este Dios “se hizo carne y habitó entre nosotros”, y sufriendo “hasta la muerte, y una muerte de cruz,” venció todo lo que es finito para abrir las puertas de lo eterno. De esta manera Dios nos lleva a si mismo y nos permite vivir una vida que transciende lo (poco) que vemos y sentimos, y que es en verdad lo único que puede saciar nuestra sed innata, nuestra búsqueda de la felicidad.

Lo más bello de estar aquí es el hecho de saber que el sufrimiento vivido aquí no es diferente a aquel experimentado por el indigente de Bogotá o el alcohólico de Nueva York, o el loproso de Calcutta, o la mujer violada de Hong Kong... el Reino de los cielos se construye en todas partes...pero lo más triste es que tan pocos son los bienaventurados que lo ven y lo reconocen, lo aceptan y lo asumen. Y así, todo esto queda plasmado en el tiempo como un “horror” y una desgracia y no como la oportunidad de purificación que Dios nos está regalando.

Si hay un Dios, y es un Dios bueno, entonces obligatoriamente debe permmitir el sufrimiento para un fin absolutamente positivo...y la verdad, nadie me a podido comprobar lo contrario cuando tengo a mi favor el argumento de la cruz de Jesucristo, quien hizo de este instrumento deshumanizador de la muerte, el arma que consiguió la libertad de su pueblo (el universo) una vez y para siempre. No hay que pensarlo tanto, solo hay que abrir los ojos más allá de nuestro propio “ego” y sumergirnos en la vida de aquellos que no viven muriendo, sino que nos enseñan a morir viviendo y viviendo para siempre.
Todos tenemos sufrimiento y hace sentido que Dios haya unido su amor Divino a nuestro sufrimiento humano, pues si todos tenemos tal sufrimiento entonces todos podemos aspirar a ese amor...sin importar nuestro estado, raza, educación, clase, intelecto, oportunidades, etc. Hace sentido, pero nos encanta complicarlo alejándonos de la realidad y viéndolo todo por la ventanita polarizada de nuestra comodidad.

Dios se humilló hasta la muerte para resucitar y abrir el sendero de vuelta a su amor y a la vida eterna...y vos ¿qué vas a hacer al respecto? Cuando sepás contame pues sigo en la búsqueda...

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